Madre e hija van sentadas en un taxi. Noe ha hecho ya varias llamadas (Dios mio - ha gimoteado Susi al escucharla-, tu madre con cáncer y yo con esta tristeza. ¿Quien nos va a curar a todas?). Circulan discretamente por las calles de una Barcelona lluviosa y amortecida. Sus cuerpos no se tocan, cada una contempla en una dirección diferente las aceras encharcadas a través del cristal empañado dela ventanilla.

Noe. Saber que tu madre se va a morir dentro de poco, quizás ahora, aquí mismo, a tu lado.

Respira hondo, se acaricia la mano, luego acerca a su nariz la tira del bolso. Le gusta tocar y oler cuando está inquieta o preocupada. Sabe que es una forma de autoconsuelo infantil, pero eso la calma.
Cuando era niña y tenía algún disgusto, corría a echarse sobre su cama. Hocicaba, hurgaba entre las sábanas, se revolcaba en ellas, se tapaba, husmeaba su olor y encontraba alivio. Fuera de allí estaba el mundo frío y ella se sentia protegida entre el olor a suavizante. No podía evitar entonces sonreír fugazmente, tristemente.

María entra en la penumbra de la habitación.

- La vida cambia. Ha cambiado. Lo hace todos los días. Aunque las cosas no son lo que no fueron. La gente se muere cada día, y nunca son los mismos. Alguna vez nos tiene que tocar.

- No le des tanta importancia Noe- dice María- Nos estamos muriendo todos. Yo no soy la única, aunque lo haré más rápido